Vago + Pony Ranch en Rock Sala

Llovía. 22 tipos iban a ganarse mi sueldo de un año en 90 minutos de hacer el idiota en un estadio. La mayoría de mis amigos tocaban el mismo día, o iban a ver a esos mismos tocar. Y mi concierto era en la recóndita Rock Sala.
Pintaba mal, pero salió de cojones. Teloneaba a Vago, una banda de Madrid que practica un post-punk elegante y fiero a la vez, muy personal y con vistas no sólo a los clásicos Joy Division o Pixies, sino también a nuevos referentes como Cold War Kids o Futureheads. Con un directo solvente y simpático y unas canciones de calidad y arreglos inmejorables, se ganaron a la parroquia desde el principio y hasta el apoteósico final. Como debería ser en todos los conciertos.
No me cabía duda de su valía siendo que los traían los chicos de Ambros Chapel, pero tampoco esperaba el despliegue de poderío que se marcaron. Muy recomendables.
Ah, y también toqué yo. Yo soy Pony Ranch. Hago folk raro con una acústica y un ordenador. Es un poco extraño hacerse uno mismo la crónica de un concierto.
Ese día estrené mi eléctrica en directo, y aproveché para sacar al bruto escandaloso que todos llevamos dentro. Grité sobre bases programadas como si estuviera en Primal Scream. Hice solos de ruido y una nota, a lo Neil Young (espero). Pisé varios pedales a la vez como Lee Ranaldo. También toqué mis canciones con acústica lento, muy lento y agónico, como buen folkie. Y la gente aplaudía, y bajé del escenario con una sonrisa de oreja a oreja. Como debería ser en todos los conciertos.
Mención aparte merecen la gente de Rock Sala, que fueron la mar de amables en todo momento, y no hicieron más que facilitarnos las cosas: una prueba de sonido de esas en las que quieres invitar al técnico a merendar en tu casa, una cena estupenda, y hasta me regalaron una bolsa para los cables.
Como debería ser en todos los conciertos, insisto.


